No me gusta dormir toda la noche con Nico.
Se acurruca con sus codos y rodillas en posición de ataque y es imposible evitar que te las clave. Además sorprendentemente (dado que no tiene un gramo de grasa en su cuerpecillo), es muy caluroso y a mitad de la noche empieza a dar patadas hasta destaparse y quedarse a cuerpo gentil sin edredón alguno encima con el que protegerse.
Por las mañanas, cuando todavía faltan 10 minutos para que se levante, me encanta meterme en la cama junto a él. Lo abrazo por la espalda y acompaso mi respiración a la suya. Pausada, relajada, profunda. Acerco mi cara a su cuello y beso su piel morena y le achucho. Sí, le achucho con fuerza aprovechando que está dormido y no se puede revolver. Permanezco así cinco o seis minutos respirando felicidad, amor, calma, serenidad.
Algunas veces hasta me quedo dormida y mi hijo mayor tiene que despertarme para continuar con el ritual diario de duchas, desayunos y deberes en mochilas.
Es una forma maravillosa de empezar el día.