Cuando era pequeña y todavía vivíamos en la casa de la calle General Mola mis abuelos venían todas las tardes a vernos. De esas visitas lo que más me gustaba era el momento en el que mi abuela se sentaba en una pequeña silla infantil y nos leía algún cuento antes de dormir. Las tres hermanas compartíamos un dormitorio muy alegre en el que había una litera y una cama, cuyo cabecero de madera, mi madre había forrado con un papel de flores provenzales que hacía juego con las colchas. Desde la litera de arriba escuchaba con atención las Fábulas de Esopo, los cuentos de los hermanos Grimm y algún pasaje de Corazón de Edmundo D´Amicis, obra y autor radicalmente censurados por mi padre en cuanto supo que formaban parte del repertorio.
Ese ritual se repetía cada día excepto las tardes en las que había futbol. Mientras oía de lejos la voz de Matías Prats, esperaba impaciente y frustrada en mi cama hasta dormirme, siempre antes de que terminara el partido. Aquellos días me quedaba sin dosis nocturna de audio-lectura. Entonces había dos cosas que no podía comprender; una, que fuese tan difícil colar un balón en un espacio tan enorme como una portería de futbol y dos, que a alguien le interesara verlo.
Ayer, casi a la misma hora pero 40 años después, también estaba impaciente y frustrada por el futbol pero por un motivo bien distinto, y es que el Real Madrid se estaba jugando peligrosamente su clasificación en la Champions y a mis tres hijos parecía que les fuera la vida en ello. Pedro despotricaba contra arbitro, público, entrenadores y jugadores, Román Jr, repartiendo su mirada entre la televisión y su ordenador comentaba “va a haber remontada” y Nico hablaba de fueras de juego como un auténtico experto.
En el minuto 93 sonó un GOOOOOOL atronador que los cinco de la familia celebramos con euforia… Y eso que a Román y a mí nos importa poco el futbol.
