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Los pescados europeos te miran con sus ojos. Cuando lo hacen, algunos todavía respiran en sus colchones de hielo escarchado sobre catres de mármol o acero. Sus ojos son gelatinosos, casi transparentes, turbios y saltones.

En USA, los pescados no tienen ni ojos ni espinas. Ni branquias ni escamas. Ni aletas ni cola. En USA los pescados no tienen ser. Son pedazos cúbicos perfectamente cortados, limpios y lustrosos, sin rastro de sangre que reposan sobre lineales refrigerados en bandejas de poliuretano blanco.

La mujer de nuestro amigo Antonio se recorre de sol a sol todos los mercados londinenses en busca de pescados con cabeza. Y no los encuentra. En Inglaterra los pescados tampoco son.