Ayer por la tarde vino a verme un alumno sin cita previa, digamos que, en plan atraco.

Acababan de publicarse las notas de una asignatura en la que, según él, había sido el mejor de la clase (“con mucha diferencia”) y el resultado obtenido (una B) no se ajustaba en absoluto a los conocimientos demostrados, a la calidad de los trabajos presentados y mucho menos a la sapiencia transmitida al profesor y al resto de los compañeros.

Este docente es consistentemente y desde hace más de 5 años, el mejor valorado de todos los programas que coordinamos en mi equipo. Es una persona profesional, fiable, decente y excelente transmisor de su conocimiento. Nunca, hasta ayer, habíamos tenido queja alguna sobre sus evaluaciones.

El alumno en cuestión es prepotente, soberbio, infantil, creído y tan desmesurado en sus intervenciones en clase que hace ya unos meses tuvimos que llamarle la atención para que se moderara y permitiese participar al resto de sus compañeros.

El alumno es licenciado en finanzas por una prestigiosa escuela universitaria española y a sus 31 años ya ha pasado por 3 o 4 entidades financieras, de las cuales ha salido siempre “por la puerta de atrás” o con una buena patada en el culo.

El alumno montó un fondo de inversión inmobiliaria del que han resultado unas pérdidas de casi 2 millones de €. Parte de ese dinero venía del patrimonio de su propia familia.

El alumno es su peor enemigo.

Ayer, cuando se despedía de mí, frustrado y entristecido por la nota recibida me decía… Carola, aparte de este programa en estos momentos no tengo otra cosa. Esto es lo único que me queda…

El alumno me provoca una enorme pena, ternura y compasión.