Hace unos años llevé a la clase de Ikebana un montón de ramas de almendro en flor que me había traído de Totana.
A pesar de que estábamos en el mes de febrero y el aula estaba muy fría, los capullos empezaron a abrirse y los pétalos a caerse en el suelo tapizando de rosa las baldosas de cemento hidráulico del local.
Una de las alumnas cogió rápidamente la escoba y se dispuso a barrer ante la horrorizada mirada de Masako, que le ordenó parar de inmediato.
La maestra nos contó entonces cómo en la época de la floración del cerezo, en los apenas diez días que ésta dura, miles de japoneses se acercan a visitar los jardines de los palacios de Kyoto y cómo en ese tiempo, las flores sucesivamente se abren y se caen, formando en el suelo una capa rosada que nadie osa retirar.
Son los propios “peregrinos” quienes en su caminar van abriendo un sendero entre los pétalos que, pasados esos 10 días, se retiran de una sola vez.
Quizás sea una exageración de Masako, pero a mi me gusta pensar que es como ella lo cuenta.
De lo que si estoy segura es de de que éstos que fotografié esta misma mañana ya habrán sido pasto de la Blower de Stihl

