De pequeña era una niña bastante tímida, o más qué tímida, reservada, que se ponía colorada cuando creía que la atención de los adultos se centraba en ella.

Quizás de entonces viene ese celo por mi intimidad o mi identidad, lo que explica que en muchas reuniones prefiera guardar silencio, observar y escuchar. Seguro que también contribuye a esa actitud mi incómoda sordera, y esta personalidad gallega que me acompaña y que un día finamente describió Bieito Rubido al afirmar que, “a los gallegos no nos gusta exponernos ni desnudarnos ante los demás”… Mal que me pese, me temo que algo de eso hay.

Ese carácter reservado se ponía a prueba durante todas las vacaciones de mi infancia, fueran en verano o en Semana Santa, cuando la familia Albarracín (apellido que llevo en tercer lugar), se reunía en Totana; allí confluíamos y convivíamos adultos, niños y adolescentes; abuelas, padres, hermanos, tíos y primos.

Había en aquella casa familiar un precioso cuarto de estar de enormes ventanas rodeadas de buganvilla y diamela, dónde todas las noches se jugaba a las cartas (canasta, King, gin-rummy o escoba) mientras se escuchaba música en un plato Panasonic que, dada la variedad de público, no tenía más remedio que aguantar todo tipo de estilos.

A mi abuela le gustaban Sinatra y Rajmaninov.

Allí escuché por primera vez a Chavela en los discos que la tía Lucia “la americana” había traído de Berkeley, La música para los cuadros de una exposición de Mussorgsky, El mar de Debussy…
Con el tiempo llegaron los álbumes Rojo y Azul de los Beatles, y bastante más adelante Yes, Pink Floyd
y Supertramp.

De todos aquellos discos mi recuerdo probablemente más intenso y antiguo (porque no debía de tener más de 7 años), es el álbum de Sweet Caroline de Neil Diamond. Aquella canción la amaba y odiaba a partes iguales, porque, aunque me encantaban sus notas alegres y pegadizas, era un torpedo a mi timidez galaica. Cuando sonaba, toda la familia dejaba sus ocupaciones, me miraba fijamente y entonaban al unísono

“sweet caroline, nanánana
Good times never seemed so good …, nananananá
I’ve been inclined… nanánana
To believe they never would Oh no no
Nananánanananana…nananá..ná…ná..ná…

Supongo que sólo Mariluchi lo haría en un inglés perfecto…el resto se limitaban a canturrearla, pero a mí me daba igual la dicción, me ponía colorada como un tomate y aunque tuviese ganas de esconderme debajo de la mesa, aguantaba el tirón frente a todos como una campeona. Esto debía de ser allá por el año 73 o 74.

Después fué peor porque vino Fórmula V con Carolina, que también padecí, y para rematar los aires de la transición trajeron a Fuxan os ventos, un grupo de música folk gallego, que había recuperado una canción popular que se hizo famosísima en Galicia y que también me cantaban, aunque en el colegio.

La canción decía así:

A saia da Carolina,
ten un lagarto pintado;
cando a Carolina baila,
o lagarto moveo rabo

Co meu amor Carolina
Non volvas a bailar
Porque che levanta a saia
I e moi mala de baixar

Y eso que era un colegio de monjas…

Y eso que yo me llamo CAROLA….