Me gusta ir a los mercados, o, cómo se dice en Galicia, a “la plaza”.
Cuando era pequeña solía acompañar a mi madre a la de Pontevedra, que, a pesar de la reciente rehabilitación de César Portela, sigue casi igual que entonces.
En la planta alta están las frutas, verduras y hortalizas; también hay un pequeño puesto, a medio camino entre un colmado de aldea y una anticuada tiendecita de lácteos, en el que se puede comprar queso de tetilla, membrillo, yogures o unto. En el mes de junio y ya durante todo el verano, se instala una mujer casi anciana, que vende pimientos de padrón en bolsas de cien, que es como se venden esos pimientos. Es increíble verla en la operación de llenado de las bolsas; mete su mano en la cesta y la saca con 5 piezas entre sus dedos, ni una más, ni una menos, así veinte veces hasta llegar al número exacto. Luego te regala un puñadito más, “para compensar por si saliera alguno picante”, (léase con acento del Ulla).
En la planta baja las pescantinas se distribuyen en la zona central, las flores bajo la gran claraboya y los puestos de marisco al fondo. En todos los laterales se encuentran las carnicerías organizadas por especialidades. Las de cerdo, en las que hay embutidos, churrascos y lacones; las pollerías, con aves, huevos, conejos y caza en temporada; las de vacuno, en las que además de vaca y ternera, también hay cordero. Estas últimas, todas sin excepción, tienen en sus paredes un cartel de color azul con una o dos vacas dibujadas, cuyos cuerpos están divididos por músculos y escrito sobre cada uno de ellos su correspondiente nomenclatura culinaria: falda, babilla, morcillo, lomo, solomillo, tapa, redondo, rabillo, aleta, contra… Me encantan esos sustantivos. Me encanta ese cartel, que de tenerlo, colgaría en mi cocina.

