Cada uno tiene su noche de San Juan, la mía la guardo en mi memoria y es en Pontevedra.
Todos los años que viví allí y si el tiempo lo permitía, el 23 de junio al llegar la media noche, me iba con mis padres y mis hermanos a visitar los rincones de la ciudad en los que se organizaban hogueras. Recuerdo con intensidad las advertencias de que no nos acercásemos al fuego. Recuerdo muy bien las pilas de madera, sillas y mesas viejas, catres y cajas de frutas amontonadas que ardían piramidalmente bajo las miradas de los vecinos.
A mí me gustaba especialmente la hoguera del barrio de San Roque, junto a la Plaza de toros, porque era la más grande y espectacular y tenía un toque de autenticidad que le faltaba a las otras. Allí de verdad sentía que el fuego actuaba como un ejercicio de depuración, de “borrón y cuenta nueva” vital, como si aquellos materiales en llamas significasen una ruptura con el pasado, marcando un antes y un después en la vida de sus dueños. Siempre me volvía a casa con un “no sé qué melancólico”. Debe de ser que ya entonces se manifestaba mi versión fou, que no todos conocen.
Al llegar mi madre preparaba en el lavabo el agua junto con las hierbas de San Juan para que por la mañana nos lavásemos con ella. Ponía fiuncho, pétalos de rosas, menta, hierbabuena, margaritas, laurel, salvia…lo que hubiésemos cogido en el campo o lo que mi madre hubiese comprado esa misma mañana en la plaza. Todavía recuerdo ese olor.
Muchas buenas familias no veían con buenos ojos esa “tradición pagana”. Nosotros sí. Me gustaría pensar que es una costumbre celta