lirios

Hace unas semanas cenamos en casa de unos amigos a los que nos une una afín aunque poco pródiga amistad.
Todos los invitados eran gente educada, interesante, divertida y después de varios temas al final de la velada nos encontramos hablando sobre las diferencias estéticas de distintas culturas.
Comentamos el Elogio de la sombra de Tanizaki; hablamos de lo maravillosos que son los kimonos de gala coreanos; del Libro de la Almohada de Sei Shonagon; de la consideración social que, allá por la Edad Media, disfrutaban los sastres persas, por el hecho de dominar el corte de las mangas con sisa!; de la natural inclinación de los occidentales hacia las formas simétricas; del desarrollo del Ikebana en el periodo Edo…
En fin, como diría la amiga Rosa «todo muy sencillito”.

De lo que allí se contó, lo que más me gustó fue esta anécdota que le ocurrió a Leopoldo C-S.

En una reunión académica Leopoldo conoció a un profesor japonés con quien hizo cierta amistad y a quien en su interés de consolidar esa incipiente relación, invitó a cenar. Fueron a un restaurante en cuya entrada había un jarrón con flores azul añil.
El profesor nipón, que domina nuestro idioma, le preguntó a nuestro amigo cuál era el nombre de aquellas en español. Leopoldo, bastante azorado, reconoció que no lo sabía.

Al cabo de más de una hora de conversación y cena, el profesor japonés dejó sus cubiertos en el plato y mirando fijamente a los ojos de su colega exclamó…lirios.