Más que San Fermín, me gustan los encierros de Pamplona. Desde hace tiempo procuro levantarme antes de las 8 de la mañana para verlos por televisión. Este año se me ha ido pasando la hora hasta hoy, que ha sido el cuarto, y he vuelto a sentir la tensión que se te mete en el cuerpo nada más abrirse las puertas de los corrales una vez encomendados los mozos a su Santo.
Es un acontecimiento eminentemente masculino y hoy por hoy bastante internacional. Se dice que es la única época del año en la que el NY Times coloca en portada a España, dada la afluencia de corredores estadounidenses en las carreras.
Los pamplonicas se quejan de que “los de fuera” no saben correr, pero hay mozos británicos, alemanes, americanos o australianos que llevan haciéndolo más de treinta años. La participación de muchos de ellos es muy fácil de reconocer dada la profusión de cabelleras rubias y pelirrojas que, francamente, no se ajustan al fenotipo nacional.
Me fascina esa comunicación que los corredores veteranos mantienen con la bestia; cómo periódico en mano se arriman a ella hasta acariciar su lomo. Seguro que pueden oír sus jadeos mezclados con los latidos de sus corazones, el tintinear de los cencerros de los cabestros y los golpes secos de las pezuñas en los adoquines de piedra. Y allí va una manada de animales y hombres hecha una unidad.
No es una frase mía pero la tomo prestada y es que este gusto por los Sanfermines debe de ser por «mi lado absolutamente irracional».

