El del olfato es el más evocador de todos nuestros sentidos. A mí, el pasado 14 de julio a las cuatro y cuarto de la tarde me transportó a un merendero de La Santa, en Sierra Espuña, donde habitualmente se hacen barbacoas. Duró una milésima de segundo pero fue muy intenso, lo justo para tomar conciencia del horror. Estábamos en el crematorio de la Almudena.

Nos encontrábamos unas 300 personas aparentemente diversas y variadas, pero de las que analizadas en profundidad, más de dos tercios pertenecían al grupo de amigos y colegas rojo-progres que habían corrido con Nacho Montejo delante de los grises en los 70. Ahora son letrados, magistrados, funcionarios de la administración de justicia, políticos, profesionales liberales, periodistas, gentes del cine, artistas…También había familia y amigos “veraneantes” de Cubas.

Observándoles me pregunté cuántos de ellos habrían estado peleados con Nacho en algún momento de su vida. Cuántas afrentas, venganzas y desplantes habrían olvidado y sustituido en su memoria por los numerosos actos de comprensión, empatía y generosidad que Nacho habría tenido con ellos como los había tenido conmigo.
Quiero creer que nuestros corazones eran un totum revolutum de sentimientos y emociones y la explicación a nuestra presencia, más allá de la ausencia de rencor o de lo compasivos que pudiéramos ser, es que “todo metido en el saco”, el balance resultaba positivo.

En mi caso, quería además acompañar a Román, que durante mucho tiempo fue muy cercano a Nacho y que se encontraba sorprendido, apenado, abrumado ante las muestras de cariño, incrédulo por su pérdida. También quería abrazar a Gloria, a Miguel y a Lola, y a todos aquellos que habían sido compañeros de mi marido hasta hacía 8 años. En especial a Juan Puig de la Bellacasa, que como diría Jo Heijnen, es bello por dentro y por fuera. Qué excelente persona.

Nacho Montejo ya no está. Resulta extraño pensar que nunca más vas a volver a oir su habla desbocada, ni a verlo con sus imposibles pantalones amarillos de verano, su bolso cruzado, sus zapatos castellanos negros, tan inusuales en un “rojo” como él.

Como INFJ que soy, creo que nunca fui capaz de asimilar lo excesivo, irreverente, libérrimo y contradictorio de su comportamiento. Nacho era capaz de serte leal hasta la muerte y al mismo tiempo de borrarte de su vida de forma radical y sin matices hasta que un buen día, de repente, decidiese cambiar de opinión volviendo a abrirse a tí.

Era capaz de amarte y de repudiarte; de admirarte y denostarte; de necesitarte y despreciarte….y no se cortaba a la hora de comunicarlo a cualquiera que le quisiera oír.

El sábado 13 de julio, ya en el tanatorio del Hospital Puerta de hierro de Madrid hablaba con su hermano Carlos del enorme vacío que iba a dejar en tanta gente una personalidad tan poderosa y carismática como la suya. Carlos asentía a mis afirmaciones, coincidía con el análisis pero en un momento dado interrumpió aquellas y me dijo que siendo cierto todo lo que comentaba, seguía faltando el calificativo más determinante: Nacho sobre todo era vulnerable…

¿Nacho Montejo vulnerable? pensé.

Y Carlos me contó una historia.