casa de la cascada

No entiendo el éxito de Joaquín Torres.
Su etiqueta de “arquitecto de los famosos” más que un halago me parece que le perjudica.
Tampoco creo que le beneficie la nube de periodistas y el faranduleo nacional que siempre le rodea.
No me agrada su tendencia a hablar de sus encargos, a juzgar los gustos de sus clientes y a pelearse con muchos de ellos sin pudor.

En cuanto a su obra, que es lo que realmente importa, debe de ser que sus edificios no me transmiten la honestidad sincera del que debería de ser su objetivo esencial, aunar funcionalidad, belleza, estética e integración en su entorno (estos son los aspectos que yo más valoro en cualquier obra arquitectónica); será que no tengo claro cómo envejecerán; será que no me emocionan y no sé si pueden llegar a emocionar a otros espectadores de distintas culturas, épocas o procedencia. Será que no termino “de creérmelos”.

Todas las construcciones que me gustan, el Panteon, la iglesia de Santa Comba de Bande (a pesar de la HORRIPILANTE rehabilitación de su tejado), el Chrysler Builiding, la Casa de la Cascada, San Martín de Frómista, los palacios de la Alhambra, (incluso el de Carlos V), la catedral de Santiago, la mezquita de Córdoba, el pabellón Dorado, el Seagram, el teatro de Wagner en Bayreuth, la casa del tito Román en Murcia (imposible enumerarlos en este post) tienen en común una cosa y es que al verlos siento la autenticidad y compromiso de su autor con el proceso creador, como si el lema “de adentro afuera” hubiese empapado su construcción, desde sus cimientos hasta la última pieza de sus tejados.
Los de Torres……