Los últimos días del mes de agosto suelen ponerse tontorrones en Totana.

Me refiero a que sus habituales cielos azules se vuelven blanquecinos y pesados y no son capaces de convertirse en tormenta, dado el agotamiento estival.

La sensación que me produce esta época se repite año tras año. Es una especie de melancolía que anuncia la vuelta a Madrid, al foro, al rimmel en la pestaña, a la vida capitalina, a los amigos bien amados, a la moqueta de mi casa, a mi terraza, a la rutina escolar, a los paseos del sábado por la mañana, al mercado de La Paz, a las clases con Jesús…

…Y es que me estoy poniendo contenta!!!

Será que las pilas hemos cargado.

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