calendulas

Las primeras semanas de septiembre entra en Madrid una quinta estación, el veroño.

De repente se acortan los días; en las aceras se empiezan a ver las primeras hojas secas y marrones, (no porque ya “se haya parado la savia”, sino porque el calor asfixiante del mes de agosto las ha abrasado); por la noche hay que cerrar las ventanas para poder dormir con cierto confort; los quiscos se llenan de deprimentes fascículos y a partir de las 21.00h las calles empiezan a despoblarse.

No me gusta el veroño porque no es ni chicha ni limoná. No hace ni frío ni calor; te roba en un pis-pas las renovadas energías del verano; te pone los pies en la tierra, en lo que a tu disciplina laboral diaria se refiere; no sabes qué ropa puedes ponerte… y además entre seguros, uniformes, libros, colegios, etc, se gasta muchísimo.

Por eso, aunque a algunos no les guste, estoy deseando que llegue el otoño. Que llueva en Madrid; que la rutina del trabajo esté tan presente en mis días que no se me haga nada cuesta arriba; que me apetezca ponerme botas; que los brotes más fuertes de mi glicinia se conviertan definitivamente en tronco; que la cochinilla algodonosa se rinda y deje en paz a mis cítricos; que podamos tomar cocido y guisos varios bien a gusto; que podamos vestir nuestras camas con edredones y arrebujarnos con mantitas mientras vemos una película en el salón. Que lleguen las caléndulas al vivero para adornar mis macetas.