la granja

Cuando yo era pequeña, los niños celebrábamos los cumpleaños “de otra manera”. Como mucho nos limitábamos a invitar a nuestros dos o tres mejores amigos/as, nos acompañábamos de hermanos, primos, abuelos y tíos, y las madres organizaban una merienda a base de medias noches de jamón y queso, aceitunas, fantas, patatas fritas, ganchitos y tarta para terminar. Al menos así eran las que se celebraban en mi familia.

En mi octavo cumpleaños, por primera y única vez (que yo recuerde), mi madre se apartó del formato de celebración habitual extendiendo la convocatoria a bastantes niñas más, algunas eran las hijas de compañeros o amigos de mis padres, otras mis vecinas con las que jugábamos ocasionalmente. En total nos debimos de juntar unos 15 pequeños.

Como nada era habitual en aquella fiesta, mi madre compró una piñata que rellenó con todo tipo de juguetitos pequeños, chupetes de anís, carracas, chicles bazoka, palotes, chupa-chups Kojac, silbatos, globos… pero el mejor regalo era un pequeño muñeco vestido de mariachi de color negro que lo rellenabas de agua y que al apretar su enorme sombrero, lanzaba un chorro por aquel sitio emulando al Manneken Pis. Estoy segura de que mi madre no conocía ese “detalle” cuando lo compró, si no, nunca lo hubiese metido en el paquete de la suerte.

Yo, que había visto la operación de rellenado de la piñata, me quedé prendada de aquella miniatura (ojo, que “su funcionalidad” la conocí después), pero como nunca he tenido suerte en las tómbolas, rifas, tiros al blanco ni nada por el estilo, estaba segura de que no me iba a tocar.

Sin embargo, hete aquí que cuando llegó el momento de romperla y todos los niños tiramos de nuestra cinta, yo que me quedé de pié observando cómo caía aquel maná infantil mientras todos los demás se arrastraban por el suelo en busca del botín, vi caer el muñeco debajo de una librería muy cerca de mis pies, no pensé en el resto de las cosas y me lancé a por él, atrapándolo rápidamente con mis manos. Casi me sentí avergonzada y con cierta sensación de tongo por haber conseguido el objeto más chulo de todos, pero qué narices, pensé… era mi cumpleaños.

Esa fiesta quedó grabada en mi memoria y mira que he cumplido muchos años después, pero es la que recuerdo con mayor intensidad. Ayer, aunque dos días sobre la fecha correcta (nací el 20 de septiembre), celebré mi cumpleaños con mis hijos y mi marido. No hubo piñata ni tarta, pero si paseo por la Granja, amor, cielo azul, bojs recortados, setos de carpe, castaños de indias pre-otoñales, conversaciones sobre Woody Allen y unos judiones de primera.
No tendré suerte para las tómbolas, creo que mucha para lo demás. Doy las Gracias a Quien corresponda.