Siempre he intentado (hemos intentado) educar a mis hijos en la cultura del beso. Nunca he sido partidaria de esa libertad que tantos progenitores dan desde pequeñitos a sus hijos a la hora de permitir ser o no ser besados.
¿Porqué dejar en sus manos esa decisión?… “si el niño no quiere, no le obligues, no le achuches, no le toques que no le gusta…hay que respetarlo”…. como si a esas edades ellos supieran mucho del concepto respeto.

Creo que por ese motivo mis (nuestros) hijos ven como algo natural el saludar con un ósculo cuando se les presenta a alguien y por supuesto cuando se encuentran con la familia o amigos. También cuando dan las buenas noches, atentos a mi requerimiento de EL BESO!!!!, cuando éste se les olvida. Ese beso como peaje que han de pagar por irse a la cama.

En una entrada que escribí sobre Nico, comentaba el placer que sentía al estrecharlo entre mis brazos mientras duerme, y cómo me gusta acercar mi cara a la suya, mis labios a sus mejillas y besarlo dulcemente mientras está dormido. Y es que me lo comería a besos, ya que sus hermanos mayores no se dejan.

Lo mismo le debe de pasar a Nit, nuestro perro, que cuando llegamos a casa empieza a caracolear alrededor de nuestras piernas hasta que nos vemos obligados a agacharnos a su altura y le permitimos que lama y mordisquee levemente nuestras manos. De pura excitación, llora mientras lo hace.

Y no pongo en el mismo saco a Nit y a nuestros hijos, faltaría más, pero es que ese pequeño peludo también besa. Será que lo de los besos, no sólo es propio del género humano…

Besemos pues!!!