Hace un par de semanas se repatrió a España, en un estado mucho más cercano a la muerte que a la vida, a Manuel García Viejo.

Quizás, visto lo visto estos días, hubiera sido mejor haberlo dejado allí, en Sierra Leona, en el mismísimo hospital donde cada día mueren enfermos de ébola, a quienes no les espera repatriación alguna. Seguro que él hubiese preferido quedarse con aquellos con los que llevaba más de 30 años, en lugar de regresar a su país, trayendo fatalmente consigo la enfermedad a Europa.

Cuando en su momento vi en la televisión las imágenes del avión medicalizado y al misionero en su camilla encapsulada y rodeado de personal sanitario en plástico, pensé que eso era lo correcto, que merecía la pena el esfuerzo económico y sanitario por salvar la vida de alguien bueno. Lo que no sabía entonces, y que ahora todos los medios de comunicación nos cuentan a grito,  es que las autoridades sanitarias españolas ya debían de ser conscientes de las pocas posibilidades de tratar a ese pobre hombre en España… que ya no quedaba zmapp, el antiviral experimental con el que se ha tratado a otros enfermos,  que tampoco había un donante que hubiese superado la enfermedad, cuyo tipo sanguíneo fuese compatible con el de  Manuel y cuya transfusión podría dar alguna esperanza de vida. Que no había nada que hacer, vaya.

Y me pregunto, ¿Por qué entonces tal despliegue?, ¿era acaso una operación de pura imagen política? ¿Quién ganaba con ello? Me temo que, efectivamente, el montar semejante operativa podía tener unos efectos muy positivos políticamente hablando y este motivo fue determinante a la hora de tomar la decisión sobre la repatriación. Ahora con Manuel fallecido, una auxiliar que le trató con contagio confirmado y una veintena de personas cercanas a ella en cuarentena, la mediática operación política, le ha estallado a la ministra en la cara. ¿Se hizo lo correcto?

La vida está llena de GESTOS. Traer a un compatriota a casa,  aunque sea para darle una muerte mejor, es un bello gesto. Manuel dio su vida por sus pacientes ¿qué menos que traerlo de vuelta en su lecho de muerte?

Lo que en este caso me parece desastroso, no es el hecho de haber repatriado a este pobre hombre. La estupidez e imprudencia  es que se haya hecho sin las garantías suficientes para evitar cualquier contagio; haberlo traído sin que el protocolo para estos casos, fuese el suficiente (parece); no haber cumplido con las rigurosísimas exigencias de seguridad para evitar la propagación; haber dejado en manos de personas incompetentes decisiones tan importantes como el que la mujer infectada fuese a su hospital de referencia en lugar de quedarse en su casa a la espera de una ambulancia en condiciones…haber caído en una cadena de errores tremenda y peligrosísima que deja la imagen de nuestro país por los suelos y en vilo la vida de unas cuantas personas.

El error no es el haber traído a los misioneros. Eso ha sido un gesto de humanidad, compasión, amor y agradecimiento hacia estas dos personas, para que no murieran como  un perro….

Error es que  Ana Mato no DIMITA