Esta mañana se paró junto a mí, en el parterre que divide los dos sentidos de la calle María de Molina, una chica que llevaba una silleta doble ocupada por dos pequeños que no cumplían dos años.

No sé si eran hermanos, pero por la idéntica vestimenta que llevaban puedo imaginar que si. Creo que eran mellizos. Uno miraba ensimismado y con cara de pocos amigos al suelo. Supongo que acababa de despertarse y su humor no era el más atemperado. El otro, sentadito junto a él me miraba a mí y sonreía. Empezó a saludarme  y a mandarme besos con su pequeña mano. Muchos besos….reía con sus ojos, con su boca, con cuerpo. Hasta daba pataditas en el reposapiés de su asiento de lo contento que estaba. Y yo le respondía con saludos y besos igual de contenta que él.

Ese niño tenía síndrome de Down y su mirada y su sonrisa me han venido  acompañando todo el día y me han traído a la memoria una conversación que hace años tuvimos Román y yo con una pareja de amigos, que también tienen una hija con esta… ¿patología?.… ¿circunstancia?… ¿cromosoma diferencial?….

Blanca, la hija de José y de María, debe de andar por los 8 o 9 años. Estando todavía en el seno materno, a los 6 meses de su concepción, la operaron del corazón a vida o muerte. Ella sobrevivió. Desde que nació ha ido encadenando una visita con otra al hospital. A veces estancias breves de un par de días…otras de semanas, pero ahí sigue.

Aquel día, los que somos padres hablábamos de nuestros hijos, de cómo eran, de lo que querían estudiar y de lo que esperábamos de cada uno de ellos. José, con ese punto chestertoniano y esa mirada a medio camino entre bondadosa e irónica, nos comentó que él, lo único que espera cada día de su hija es AMOR. Porque con Blanca conoció una dimensión del amor que ni siquiera sabía que existía.