Leo esta noticia y me acuerdo del tío Diego, mi padrino.
http://www.abc.es/cultura/20150514/abci-diego-corriente-seria-robin-201505111216.html
Era el tío Diego un personaje de leyenda en la familia. Desde que se vino a estudiar medicina a Madrid, siempre tuvo claro que su independencia y libertad estaban por encima de cualquier cosa, y por eso, en cuanto su economía se lo permitió, en lugar de quedarse a vivir con el resto de la familia en el barrio de Salamanca (las hermanas en la calle Maldonado y los caballeros en la calle Juan Bravo, como si de Colegios mayores segregados por el género se tratara), montó su propio espacio en el Puente de Vallecas. Allí, tenía casa y clínica con plantas y gatos, y una familia paralela, familia que nunca confraternizó con la mía y que le hizo muy feliz.
En el Puente el tío Diego practicaba una “medicina todo terreno”. Cuando llegó, allá por los años 50, era el único médico del barrio y lo mismo atendía a una parturienta, que sacaba muelas, cosía una brecha en la cabeza, o diagnosticaba una apendicitis con sólo mirar el andar del enfermo. Todo esto cobrando muy poco, (a veces nada), por puro amor a su profesión y a la gente de allí. Así estuvo toda su vida profesional, dedicando las mañanas a la Seguridad Social y las tardes a sus vecinos en su clínica. Todos sabíamos de su querencia por la vida libre y su pasión por ese barrio, del que iba tomando pequeños hábitos, como el deje entre tierno y cheli cuando me llamaba…”bonita…”.
A pesar de que toda la familia sabía que Vallecas había calado en su corazón, creo que sólo fuimos conscientes de lo que él había significado para su barrio el mismo día de su funeral, en el que al terminar la misa que la “familia oficial” había organizado en la parroquia del Puente, una beata que se sentaba en la primera fila se dirigió al púlpito y desde allí le pidió la palabra al cura y nos dijo a los presentes: “yo no sabía que esta misa era por Don Diego, ni siquiera sabía que se había muerto, y quiero decirles a ustedes que él era el ángel de Vallecas, él nos cuidó, nos curó y nos ayudó a todos los que vivimos aquí y quiero que ustedes lo sepan y darle las gracias por haber venido aquí. Fue un merecidísimo homenaje a una persona bien singular.
Y podría contar mil cosas de mi padrino… sus historias de Guinea, su viaje a Nueva York, las partidas de dominó con sus hermanos y su sobrino Pedro Juan en Totana, sus amasijos de alambre verde para guiar las verbenas y evitar que invadieran el porche, las podas de las yucas y la falda hawaiana que me hizo con sus hojas, su colilla eternamente colgada de sus labios con la ceniza desafiando la gravedad, su mirada azul, vivaz, limpia y energética a través de la mirilla “king size” de Maldonado, sus ataques de tos, sus cejas indomables, su guayabera y alpargatas, sus equilibrios en la escalera de madera mientras arreglaba el cinamomo, sus sueños loteros, sus frases….”un poquito de pan…un haba”..
Y hoy me he acordado de él al ver la noticia del ABC sobre Diego Corrientes…
El tío Diego debía de ser un niño precioso. Muy rubio, rubísimo y con rizos de angelote barroco. Sus ojos azules impactaban. A los cuatro años, con ese gen libertario que habitaba en su cuerpo, se escapó de casa y un guardia urbano de la zona al verlo solito le preguntó, que quien era y qué hacía sin acompañante por la calle…Él contestó: “soy Diego Corrientes, salteador de los caminos”… El policía lo cogió, no sé si de la oreja o de la mano, y le dijo, “anda ya…con esos ojos tu sólo puedes ser un Albarracín…”
Ya prometía.
