La primera vez que fuimos con nuestros hijos a ver la casita de la Salceda, entonces un cubo de piedra sin paredes ni tejado, pero con toda la energía y feng-shui del mundo, me llamaron la atención los perros, aparentemente sin amos, que deambulaban sueltos por la aldea. Entre ellos, estaba Rufo.
Rufo, es un auténtico can do palleiro, rubiajo, con ojos de color miel, ligero y elegante en sus andares y con una mirada que desarma. Rufo tiene unos amos, Loli y Pedro, pero vive prácticamente en la calle, a su aire, libre para corretear por calles y prados, eso sí, siempre que sus dueños estén en su casa. Cuando se van, lo dejan atado con una larga cadena en la puerta, imagino que a requerimiento de alguna mamá de los niños que juegan en los columpios, que no quiere tener a Rufo por allí mientras ellos están en el parque. Muchas veces Román y yo lo libramos de su cautiverio y nos lo llevamos un ratito de paseo.
Desde que hemos empezado a pasar nuestros fines de semana en Segovia, Rufo ha ido acercándose paulatinamente a nosotros. Al principio se limitaba a acompañarnos en nuestras caminatas; luego empezamos a dejarle entrar en casa donde siempre encuentra comida y agua y últimamente, al menos los fines de semana que estamos, ha cambiado calles y prados de esparcimiento, por patio con “césped inglés”, alfombras e incluso cama. Cada viernes, en cuanto siente que nuestro coche se acerca, se lanza a nuestro encuentro lleno de alegría, literalmente nos abraza y ya no se despega de nosotros hasta el domingo. Sobre todo de Román.
Y es que si no fuera porque tiene amos y porque la vida en Madrid sería una pesadilla para él, nos lo traeríamos con nosotros al foro.

