Ayer en una conversación con un periodista sobre el burkini por primera vez entendí de forma racional, mi intuitiva aversión al velo islámico, teniendo en cuenta, eso sí, mi total respeto al derecho de cualquier mujer (y hombre, claro) a llevar lo que quiera en su cabeza: velo, gorro, pamela o sombrero mejicano si le place.
También comentaba con mi recién conocido, cómo me había impactado hace unos días la humillante imagen de unos policías en una playa francesa en la que se había decretado la prohibición del burkini, haciendo corrillo alrededor de una mujer a la que obligaban a desvestirse en aras a la aplicación correcta de la normativa municipal…qué asco, qué abuso, qué atropello.
Y hete ahí que hablando del tema, del velo y de las vestimentas de esas féminas, Nacho mencionó la palabra mágica…SUMISIÓN…y vi la luz.
No me gusta el velo, ni el burkini, ni las túnicas hasta los pies, ni los caftanes acompañados de pantalones (por muy delicados y sofisticados que sean), porque detrás de esa forma de vestir hay un no sé qué de SUMISIÓN de esas mujeres a unos postulados religiosos o culturales cuya existencia no depende de su voluntad y que las convierte en «objetos a ocultar», pelo, brazos, piernas, culos, pechos, ojos desdibujados detrás de unos ropajes, que además los colocan por detrás de los hombres en derechos y posibilidades de vivir una vida en total libertad.
Por ello, aunque desde mi perspectiva liberal de respetar que cada uno lleve puesto lo que quiera, a partir de ahora no dejaré de decir, “velo sí, si así te gusta, pero tomando muy buena nota de los “matices” culturales que hay detrás de tu decisión de vestirte así”
Vaya paradoja, defender desde la libertad la manifestación de la sumisión…
PD. no me ha gustado NADA la foto de hoy de la pareja presidencial turca, Erdogan y su esposa, bajando amorosamente cogidos de la mano del avión presidencial.
