Hace casi 20 años, rompiendo con nuestra lealtad a la Semana Santa totanera, Román y yo nos fuimos a pasar las vacaciones pascuales a Cuba.

En aquella época gran parte de nuestro entorno, al igual que nosotros,  estaba políticamente en la esfera de la izquierda, con lo cual una visita a Cuba  nos daba la posibilidad de ver con nuestros propios ojos cómo era “de verdad” la vida en un país no capitalista. Y eso hicimos….ver, sentir y percibir sin intermediación alguna.

Llegamos en un momento en el que el bloqueo de USA estaba en su máximo apogeo, el muro ya no existía, tampoco la Unión Soviética y no había socios extranjeros para apoyar artificiosamente la economía de la isla. Únicamente funcionaba el turismo como un pequeño pero muy lucrativo motorcito económico que permitía la entrada de divisas que mitigaban  algo la situación. Empresas españolas y canadienses controlaban principalmente el negocio, pero el régimen, para aliviar las precarias economías domésticas, también permitía a los cubanos abrir “paladares”, entonces una subespecie de restaurantes caseros, y alquilar habitaciones en sus propias viviendas a los visitantes que empezábamos a llegar a la isla.

Román y yo, que éramos (seguimos siendo) unos modernos y que como he dicho queríamos conocer “la Cuba real”, seguimos los consejos de una amiga y decidimos salir del circuito hotelero convencional y reservar alojamiento en una casa privada (bueno, lo que allí se entiende por privado) en el barrio de El Vedado. Organizamos el viaje desde Madrid por carta y por teléfono, ya que por aquel entonces no había posibilidad de comunicarse por e-mail con los isleños…no sé si ahora se puede y con qué grado de libertad.

Nuestro destino resultó ser un apartamento situado en un precioso edificio de los años 20 asombrosamente bien conservado y por el que parecía que no había pasado el tiempo….los suelos de mármol blanco y negro y las paredes claras, los toques vegetales de la decoración decò, los muebles ligeros como el espacio y  el acceso a través de una reja de forja con formas geométricas, como las que hay en tantos apartamentos neoyorquinos de esa misma época y por la que se colaba la brisa caribeña. Un lugar con un encanto muy especial.

Nos recibió una pareja de ancianos, él era arquitecto y conservaba una figura elegante y grácil, era una especie de Agnelli, aunque con menos pelo, alto y flaco, con un andar pausado y consciente de su edad. Ella, médico dermatóloga, una refinadísima señora con una piel suave y transparente, impropia de sus años, ni una mancha ni apenas arrugas en su cara, que cuidaba a base de Nivea…cuando la podía conseguir. Los dos, encerrados en su mundo y en su isla cediendo parte de su espacio a unos extraños para conseguir unos pocos dólares.

Allí en el zaguán de la casa, Armando (así se llamaba nuestro anfitrión) nos dio la bienvenida y muy amablemente nos comentó que estaba encantado de acogernos, pero que lamentablemente en aquel momento no podía hacerlo, dado que otro huésped que “ocupaba nuestra habitación”  había prolongado su estancia y no tenía sitio para nosotros, pero que no habíamos de preocuparnos, porque sería sólo por una noche y ya lo había arreglado con un amigo que nos daría alojamiento.

Con bastante sorpresa por ese cambio de planes y algo molestos porque la casa nos había gustado muchísimo,  caminamos unos cientos de metros en el mismo barrio y  llegamos a un edificio bastante menos apetecible que el de Armando y Mirta. Subimos una escalera sucia y oscura por la que casi no cabía nuestra maleta. Al llegar al rellano del segundo piso, todas las puertas de la vivienda estaban abiertas y pudimos ver aparcada en el centro del salón una moto, no sé si una vespa o una lambretta  igual de cochambrosa que todo lo que nos rodeaba, pasillo, puertas, paredes, lámparas, pero que seguramente para su propietario era un tesoro. Nos llevaron a un dormitorio, con baño incluido. Era un cubículo sin ventanas, con una cama que no llegaba al 120 cm. de anchura, totalmente desvencijada y cubierta con una colcha ajada y con el aspecto de no haber pasado por la lavadora en años. El cuarto de baño de un color entre amarillo y verde, ese que se queda en los lugares habitados por fumadores; los azulejos de la ducha se caían a trozos y el grifo goteaba sin parar. Dentro de la habitación con la puerta ya cerrada le dije a Román,” yo aquí no duermo”, pero ni tenía otra opción, ni me parecía bien decirle a aquella pobre gente, que nos estaban ofreciendo lo mejor que tenían, que eso era una mierda, y nos quedamos.

Pasé la noche en duermevela acostada sobre unas sábanas picosas, con la sensación de que miles de pulgas iban a devorar mi cuerpo y con el run run lejano de algún ventilador a medio funcionar…la imagen de la vespa o lambretta en medio del salón,  las manchas en el suelo y los cubanos adormilados en los sofás se mezclaba con mis sueños…aquella noche viví una Cuba que no esperaba y por la que pagamos más de 60$.

El viaje resultó maravilloso y también lleno de experiencias contradictorias, la energía vital de la isla junto con la total ausencia de libertad; las conversaciones por lo bajini con los locales, en las que nadie se atrevía a manifestar un malestar abierto y sincero por lo precario de su situación; los médicos reconvertidos en taxistas por necesidad y porque así ganaban más dinero;  el amor profundo de los cubanos por su tierra y el antiamericanismo más radical, pero por si acaso ni una mala palabra contra Fidel.

Y junto con las conversaciones, esas de medias palabras, una multa falsa de nuestro coche alquilado y que pretendían cobrarnos en US$ en el hotel en el que dejábamos el vehículo y que por supuesto nos negamos a pagar…la desazón al ver a una niña de no más de quince años, que, rodeada de su familia, madre, hermanos, abuela, se dejaba meter mano por un abuelete rechoncho y medio rubiajo, a cambio del almuerzo del día, en uno de esos restaurantes en principio reservados para turistas; las jineteras acosando a mi marido en el baño de ese mismo restaurante para sacarse un par de dólares o tres; la farmacia vacía en la que no pude conseguir una mísera aspirina; mi frustrada petición de huevos fritos en un restaurante,  que no pudo ser atendida por “falta de materia prima”.

Y el son, la luz en el malecón inundado de olas y de palacetes, destruidos unos, relucientes otros;  la Habana vieja con sus agujeros en las calles y los edificios a medio caer;  los mojitos de El Patio;  la arena cegadora de Playa Sirena; el viejo Tupolev que nos llevó a Cayo Largo;  las manos cobrizas de las cigarreras de Pinar del Río;  la finca expropiada de los Ferro y el puerco que nos comimos con los guajiros y con J. Timoner y su novia…La vida. Una vida para nosotros, los extranjeros que estábamos en el país “de paso” y que los propios cubanos, los dueños de esa tierra tenían prohibida.

Y además… los presos políticos,  los homosexuales perseguidos y encarcelados,  la oligarquía en el poder y su racismo…todos o casi todos ellos hombres blancos en una tierra de mestizos…los casi 2 millones de cubanos obligados al exilio, ¿el 20% de su población?

Esa Cuba yo la vi y nadie me la tiene que contar.