Hace unos días deambulaba por el Corte Ingles de Castellana y en mi serendipiti llegué a la sección de pieles que alargando el Black Friday ofrecía unos precios fabulosos. Como tengo varias amigas modernas y estilosas que usan abrigos de piel y yo soy muy friolera, pensé, ¿y por qué no?… Y empecé a acariciar chalecos, abrigos y chaquetones de todo tipo de animales, unos muy ligeros, parecían hechos de plumas, otros más compactos y pesados, pero igualmente agradables, suaves  y preciosos. Me probé uno en colores degradados, que iba del negro al gris y del gris al blanco que me encantó.  Al mirarme al espejo vi reflejada en él a una persona que no era yo. Quizás la forma y el color del abrigo me hicieron recordar a Cruella de Vil, o quizás pensé en esas señoras marbellíes eternamente vestidas en animal print…no lo sé, pero  de repente me imaginé a esos pobrecitos animales encerrados en jaulas esperando a la muerte. Animales cuyo único motivo para existir era adornar cuerpos de humanos….porque para abrigarnos lo que se dice abrigarnos de verdad, no hace falta recurrir a las pieles, hay hoy en día cientos de tejidos que no tienen origen animal que cumplen sobradamente con ese fin…

Y no soy una abanderada animalista, y me seguirán apasionando los toros porque la belleza y el arte de las imágenes taurinas son demasiado poderosas como para que el rechazo supere a la fascinación, y seguiré comiendo pollos que viven igualmente enjaulados como los visones y chinchillas del Corte Inglés….pero abrigos….NO. Por algo se empieza