Ante la hartura de tanto procés, referéndum arriba, referéndum abajo, andaba yo diciendo que a mí me daban igual las emociones propias y las de los catalanes, que mi rechazo a la independencia de Cataluña y mi apoyo a la unidad de España era algo puramente económico, transaccional, muy parecido a mi interés en que UK siguiera en la Unión Europea, porque en ambos casos, su permanencia era “cuantitativamente” recomendable y beneficiosa para todos. Sin embargo, llegó el domingo y se activaron los sentimientos. Los de todos.

He pasado el 1-O literalmente pegada al móvil. Me he desvelado por la noche en varias ocasiones porque tenía que saber qué estaba ocurriendo en tiempo real. Las noticias,  desde primera hora de la mañana no fueron nada halagüeñas con la inacción de los mossos y a lo largo del día  no cesaron de gotear más y más datos que alejaban de la esperanza y la cordura. Como guinda, las cargas de la Policía Nacional y la Guardia Civil,  en el ejercicio de su deber y siguiendo órdenes, regalaron a los independentistas y a la prensa internacional unas imágenes lamentables y que nada tienen que ver con la verdadera labor de ambos colectivos. Qué torpeza.

Ayer fue para mí un día largo y pesaroso por múltiples cosas, pero lo más doloroso de todo y de lo que habría que hablar largo y tendido  fue el ver a tanta gente de todas las edades y condición, cientos de miles de personas sumidos en una iracunda hispanofobia y dispuestos a lo que fuera para “divorciarse de nosotros”. Es un sentimiento tan diferente del que yo tengo por mi contradictorio, rico y excesivo país, que no me veo capaz de interiorizar algo tan distinto.

Porque yo me pregunto… ¿Tanto perjudica España los intereses de los catalanes?… ¿Tan constreñidos se encuentran a la hora de hablar su idioma, bailar sus sardanas y expresar su cultura?… ¿Tan malos compañeros de viaje somos el resto de los españoles?

Y en un ejercicio de imaginación y poniéndome en su pellejo (si, Antonio Higueras, los españoles si sabemos lo que pasa en Cataluña) empiezo a responder a esas preguntas y mi reflexión me lleva a un escenario tan impresentable como inmoral…los españoles (el resto de los españoles, que ellos también lo son, ojo!) no somos tan buenos como ellos. Sencillamente ellos son superiores; su sociedad es mejor, más civilizada, más sofisticada, más estética y modernita, más culta y nosotros, “el resto” no les aportamos, no estamos “a su altura” y además y para rematar les quitamos sus dineros.

Esa visceralidad y falta de objetividad, solo la explica la alienación y el adoctrinamiento al que está sometida la sociedad catalana desde hace años, adoctrinamiento que ha eliminado fulminantemente su capacidad de ver más allá de sus narices, de entender que juntos estamos mejor, (todos lo estamos), que se puede amar  los propios castellets y además sentirse afortunado propietario de otras culturas (lo dice una gallega enamorada y orgullosa de Camarón) y que además la solidaridad entre todo nuestro territorio nos hace a todos mejores. Es una cuestión ética y estética.

Y también se puede hablar de presiones fiscales, de agravios en los distintos sistemas de salud de cada comunidad, de la calidad educativa, según donde vivas…de mil cosas, todas ellas absolutamente menores comparadas con  la profunda desafección que sienten tantos catalanes hacia el resto de sus compatriotas.

Quizás ahora si llegó el momento de que reflexionemos en profundidad sobre el pais y el modelo de estado que queremos y lograr un espacio en el que podamos sentirnos cómodos y felices por ser españoles más allá de nuestros éxitos deportivos.