El martes asistí a una conferencia en el IE sobre el Lujo.
Distintos ponentes de sectores como la gastronomía, la moda, la cosmética, la joyería o el mundo de los vinos, hablaron de lo que el lujo significaba para cada uno de ellos y cómo ese concepto determinaba la forma de entender su trabajo.
Una diseñadora comentó que para ella lo más importante era el acabado y el interior de las prendas que fabrica, porque esas telas son las que entran en contacto con la piel, las que establecen la relación más íntima entre la persona y la ropa. Para la cocinera tres estrellas Michelín, el lujo era el poder ofrecer a su cliente una experiencia multisensoríal que “removiese tacto, gusto, vista, olfato y oido”, servir sus creaciones en un plato de porcelana de Limoges o sobre una lata de coca-cola aplastada (sic); para la empresaria que elabora cremas, el lujo era el compromiso que ella establecía con la naturaleza en la fabricación de sus potingues, todos ellos eco-friendly; otro modisto comentó que para él el lujo es la capacidad de tener criterio, de saber elegir con personalidad y valentía…
Se habló de sueños, ilusiones, excelencia, pasión, calidad, compromiso, arte, tradición, vanguardia, belleza, y otras muchas cosas.
Esta mañana al pasar por delante de la Fundación Juan March pensé que es un lujo disponer de un espacio tan maravilloso a nuestro alcance.







