loto

Cuando terminé mi primera clase de Ikebana, al salir a la calle tiré el material a la papelera.
Había sido una experiencia traumática desde muchos puntos de vista.
La segunda vez que fui al taller, lo hice renqueando y a desgana y porque mi maestra me había llamado por teléfono para recordarme lo que ya se había convertido en una obligación y yo, que algo de la formalidad del colegio de monjas debía conservar, le tomé la palabra y allí me presenté en la C/ Eduardo Aunós.
Han pasado 13 años desde entonces y el aprendizaje que me ha aportado ha superado con creces lo que yo esperaba.
Si mi acercamiento al arte floral japonés fue puramente estético y «paisajístico», me encontré con una experiencia que pasa por el autocomocimiento, el respeto a los demás y a la naturaleza, el valor del silencio, la obediencia, el tesón, la dignidad, la perseverancia, la jerarquía, el arte, las tradiciones, la sutileza, la cultura, la excelencia…tantas cosas.
Le doy las gracias a Masako por todo ello, porque pocas personas me han enseñado tanto.
Ayer, por primera vez, la oí llorar.
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