Repasando el blog me encuentro que hay entradas en las que escribo sobre Pedro y/o sobre Nico, pero poco sobre Román.

En un par de días cumple 19 años, y como la permanencia e intensidad de la memoria está unida a la excepcionalidad de los acontecimientos, y el nacimiento de un primer hijo es algo extraordinario, todavía recuerdo como si fuese ayer ese 10 de enero de 1995. Supongo que todas las madres lo hacemos, claro.

La llegada al Sanatorio El Rosario con mi maletita llena de jerséis y faldones de bebé; la invasión de amigos y familia antes de que hubiese dado a luz; las contracciones apoyada en la cama abatible de la habitación que, como una campeona, soportaba entre risas nerviosas y quejidos de dolor; el “empuje muñeca” del Doctor Chinchilla en el paritorio; la ausencia total de pudor ante ese acto tan animal, que es el parto…

Cuando me dieron a mi niño limpio y vestido, lo abracé bajo las sábanas de aquella cama con ruedas y el celador me dijo que hacía tiempo que no veía a un bebé tan bonito…así era Román.

La habitación era un hervidero de familia y amigos que entre ostras, gambas y botellas de cava iban acercándose a la cuna a ver al recién nacido, todos ellos felices e ilusionados con el nuevo miembro de la comunidad. A la parturienta flores, un Rolex y pocas consideraciones a su estado.

Ahora cuando lo veo sigo pensando que todo eso ocurrió ayer.