carretera y manta

Cuando era pequeña y mi padre tenía la costumbre de cruzar España, (Galicia – Murcia), en zig-zag, nunca me dormía en el coche. Me acomodaba en la zona central del asiento posterior con los codos apoyados en las plazas delanteras, observando todo lo que pasaba en y por la carretera.

Me gustaba imaginar que los páramos morados de brezo de Puebla de Sanabria, eran los de las aventuras de los Cinco. Ahora creo que más bien son los de Cathy Earnshaw.

Me gustaba que mi padre repitiera los rituales de hacer sonar el claxon al entrar en Murcia o ya en el viaje de vuelta, en Galicia.

Me gustaba la torre de la casona/convento donde habían recluido a Juana la Loca en Tordesillas, el pinar de San Clemente del que la «leyenda Albarracín» decía que había pertenecido al tío Diego, cruzar el Rio Órbigo en Santa Cristina de la Polvorosa, el caballero que vigila el Esla en Benavente, y a la pregunta de ¿Quién nació en Río Negro del Puente?…contestar todos al unísono, Diego de Losada, fundador de Caracas.

Me gustaban esos viajes porque en su eternidad eran una fuente de disfrute y de conocimiento de la Historia de España, cosa que ahora tanto agradezco a mis progenitores.

También me gustaba descubrir muñecos Michelin en cabinas de camiones. En silencio contaba los que había visto, unas veces 5, otras 12, y en mi fuero interno siempre me quedé con las ganas de, en alguna remota oportunidad, encaramarme a alguno de esos vehículos y birlar uno. Ahora, gracias a mi amiga Karina, sé que se llaman Bibendum. Bonito nombre!