Hace unos 20 días, estando en el precioso ático de la Casa del Agua de la Puebla de Don Fadrique, mi iphone sufrió una terrible caída desde ese tercer piso y dejó de funcionar.
Desde entonces, no he podido escribir en mi blog, no he hecho fotografías, no he mandado mensajes con mis updates vacacionales a mis amigos porque he perdido todos mis contactos (excepto los de los grupos de whatasapp, que milagrosamente han aparecido en el nuevo smartphone que me he comprado), no he vuelto a consultar el tiempo que hace en La Salceda, ni he podido fantasear con los planos de la Casa del cura, y los pocos accesos que hago a internet resultan muy frustrantes, porque ese nuevo teléfono será smart, pero es lento, la pantalla poco nítida, la cámara una castaña y mi relación con él francamente deficitaria…
Por eso estoy deseando llamar el lunes a Macrapid y que me lo reparen de inmediato, porque es como si me faltara una conexión «tecno-anímica» que ni siquiera sabía que tenía y que he echado francamente de menos estas tres semanas.

Vulnerable y dependiente. Así empecé a verme el jueves cuando desapareció mi cuenta de gmail y con ella decenas de contactos, archivos y asuntos cuyo único vínculo con mi conocimiento era a través de ese «sitio».
Si es que este nuevo paradigma no está tan mal…